Hay partidos que se disfrutan y otros que se sufren. El triunfo de la Selección Argentina por 3 a 2 frente a Egipto tuvo un poco de las dos cosas. Fue un encuentro intenso, cambiante y con momentos de tensión, de esos que hacen latir más fuerte el corazón hasta el último segundo.
Argentina volvió a demostrar que, en un Mundial, no alcanza con jugar bien. También hay que saber sufrir, levantarse en los momentos difíciles y aprovechar cada oportunidad. Lo hizo y consiguió el objetivo más importante: meterse entre los ocho mejores equipos del planeta.
A partir de ahora ya no hay margen para el error. Cada partido será una final. Cada pelota se jugará como si fuera la última. Pero si algo enseñó esta Selección en los últimos años es que nunca deja de competir.
En el Partido de La Costa, como en tantos otros rincones del país, el pitazo final volvió a sacar a la gente a la calle. No fueron multitudes como en una final, pero sí hubo banderas, camisetas celestes y blancas, bocinazos y familias que eligieron compartir la alegría en los centros de San Clemente, Las Toninas, Santa Teresita, Mar del Tuyú, San Bernardo y Mar de Ajó.
Y quizás ahí esté una de las imágenes más lindas de este Mundial. De a poco, cada ciudad, cada pueblo y cada barrio se va animando otra vez a festejar. Como si el camino recorrido por el equipo fuera despertando esa mística que sólo genera la Selección Argentina.
Porque el fútbol tiene esa capacidad de unir generaciones. De hacer que un abrazo con un desconocido parezca natural. De reunir familias frente al televisor y de transformar una esquina cualquiera en un lugar de encuentro.
Quedan muy pocos partidos. Los rivales serán cada vez más difíciles y nadie puede garantizar cómo terminará esta historia. Pero hay algo que ya volvió a aparecer y que ningún resultado puede quitar: la ilusión.
Argentina ya está entre los ocho mejores del mundo. Es un mérito enorme. Pero el hincha argentino nunca se conforma solamente con llegar. Siempre quiere ir un poco más allá.
Por eso, mientras la pelota siga rodando y la celeste y blanca continúe en carrera, habrá un país entero dispuesto a creer.
Y en La Costa, donde el invierno parece hacerse un poco más llevadero cuando juega la Selección, también se renueva esa esperanza que tantas veces regaló el fútbol.
Porque soñar no cuesta nada. Y si este equipo ya demostró que puede hacer historia, ¿por qué no volver a ilusionarse con la cuarta estrella? ⭐🇦🇷




